Cuentos de Tolerancia

Fundación

Mayo, 07-05-2021

LO BUENO SE CONTAGIA

En una ciudad del sur, una ciudad preciosa, llena de luz, de color, de olores, vivía Eduardo, un “hombre de bien”.

 

Pertenecía a una de las principales familias de la ciudad, estaba casado con una mujer guapa y buena, tenía muchos hijos y vivía en una gran casa con un jardín lleno de flores.

 

Vivía una vida feliz y tranquila y a la vista de todos no había nada que resaltara de una manera especial. Pero sí que lo había. En secreto y sin que nadie lo supiera, tenía una actividad oculta, que empezó poco a poco, cuando se fue dando cuenta de la necesidad que había en la calle, cuando vio que él podría hacer algo por ellos.

 

Y así se encontró con Carmen, que vivía en una casita en las afueras, que estaba muy sola, no tenía familia y lo que más le gustaba era merendar acompañada y poder conversar con alguien. Dos veces por semana, Eduardo compraba unos bollos y se iba a merendar con Carmen.

 

Estaba Fernando, que tenía familia y sufría porque no podía comprar libros a sus hijos, no podía enseñarles a leer, y allí estaba Eduardo, llevaba libros a los niños, se sentaba con ellos, les contaba historias y le enseñaba a leer.

 

También estaban Gloria y Jesús, viejecitos y un poco impedidos, necesitados de cuidados y medicinas, pero ellos no podían pagarlas y sus hijos no podían atenderlos. Pero contaban con Eduardo, que se pasaba cuando podía por su casa, los atendía, les compraba las medicinas y les llevaba cariño y alegría.

 

Y un grupo de niños, que deambulaban por la calle, que todos los días lo esperaban cuando salía de su casa, lo rodeaban, esperaban su sonrisa y sus caricias y unas pocas monedas que todos los días repartía entre ellos. Él conocía sus nombres, sus necesidades, sus problemas y todo esto hacía que ellos, en ese ratito diario, se sintieran importantes.

 

Empezó a correrse la voz por los barrios de la ciudad, y él, siempre en secreto, atendía a todos los que podía, siempre sonriendo, siempre dispuesto.

 

Igual de bueno era con su familia, todos lo querían, una familia que fue creciendo, haciéndose cada vez mayor, a la que también llegaron los nietos, que adoraban a su abuelo. Todos lo querían y respetaban muchísimo y no dudaban que todo ese tiempo que no pasaba con ellos estaba trabajando, paseando o alternando con sus amigos.

 

Eduardo era feliz con su vida, con su mujer, con sus hijos y nietos, con sus amigos, actividades y…. con su gran secreto, ese secreto que lo hacía tan feliz y del que recibía tanto.

 

Pero Eduardo se hacía mayor, cada vez le costaba más moverse y llegar a todo, se esforzaba mucho para conseguirlo, no quería que nadie sufriera o se pudiera quedar sin ayuda.

 

Hasta el día en que enfermó de verdad, ya no podía salir, estaba rodeado de su familia, ellos le daban todo el cariño que sentían y, rodeado de todos ellos, murió en paz, murió como vivió, lleno de amor.

 

Y entonces fue cuando su familia se dio cuenta de lo que hacía Eduardo cuando no estaba en casa. En medio de su dolor vieron cómo su casa se veía invadida por una multitud de personas pobres y necesitadas de esa preciosa ciudad. Todos querían darle a Eduardo su último adiós, todos querían agradecerle lo que había hecho por ellos, todo el amor, la alegría, la comprensión, el acompañamiento, toda la ayuda que les había dado.

 

Toda la familia quedó impresionada y conmovida por la vida oculta y maravillosa de su marido, padre y abuelo.

 

¡No podían creer que lo hubiera mantenido oculto, que hubiera sido tan humilde, tan generoso, en definitiva, tan bueno!

 

Y decidieron que esa labor tenía que seguir, que no podía morir con él, por lo que se pusieron en marcha, y conocieron a Carmen, a Fernando, a Gloria, a Jesús, a los niños y a tantos y tantos otros. Y como eran una gran familia, la bondad de Eduardo se multiplicó, cada uno aportaba su granito de arena y se sintieron igual de felices que se sentía Eduardo cuando podía ayudar a los demás.

 

CRISTINA BASA      

Fundación

Abril, 30-04-2021

La música del cobre

Todos los días nos miramos
en una esquina de Madrid.
A los dos nos espera una mañana de trabajo,
pero trabajos tan diferentes…

 

Siempre escucho el tintineo del cobre
y le miro.
A veces hago sonar ese instrumento.
Pero no tanto como debería.

 

Siempre me mira
y me pierdo en el fondo de esos ojos azules.
Espejos de mi suerte,
escondidos entre una maraña canosa,
que el ácido de las lágrimas
ha tornado amarillenta.
Sonríe sin mostrar los dientes que no tiene
y su sinceridad parece decir:
“Este mundo es horrible.
Pero lo mejor que me ha pasado 
es estar vivo”.


¿Cuáles serán sus bosques?
Donde aprendió a montar en bicicleta.
¿Qué grava magulló sus rodillas?
¿En qué abrazo apagó sus llantos?
En los de quien le dio la vida.

 

Cuando su sonrisa no mostraba sus horrores.
Conoció el amor.
O rió de alegría.

 

Lo que menos importa
es como lo perdió todo,
o si es que lo tuvo.

 

Y ahora me sonríe a mi.
Sabiendo que con un gesto
puede enseñarme más que cualquier escuela.

 

Escribo sin saber de lo que hablo.
Siempre hablando de ‘los otros’ desde arriba.
Y a penas me detesto…

 

A veces me siento culpable por la felicidad.
Y siempre,
terriblemente culpable por el dolor.
Nosotros que lo tenemos todo,
y solo lloramos.

 

Ninguno lo pedimos así.
Pero aquí estamos.
Yo de pie,
y él sentado sobre el suelo
Nos miramos.
Y él sonríe.

 

Unidos por una línea diagonal.
Durante el breve tiempo que se escucha,
la música del cobre.

 

PAULA CARRILLO      

Fundación

Abril, 23-04-2021

Nunca nos olvidamos de ser niños

Los pueblos pequeños a veces son lugares difíciles.

 

Pueden estar llenos de amor, pero se resguardan por el miedo a que les hagan daño, a que les vuelvan a abandonar, a que los dejen solos, por eso a veces son inhóspitos. Por eso a veces es difícil vivir en ellos y te reciben con frio y humedad, caras largas y miradas furtivas que se preguntan: “Y este, ¿de quién es?, ¿a qué viene?, ¿qué quiere de este lugar?”. Por la costumbre de las malas artes, de los hogares abandonados, de los tejados vencidos.

 

Por todo esto, cuando una familia compró la vieja casa del farmacéutico, que llevaba vacía desde que murió cuatro años antes, todo el pueblo se hizo esas preguntas. Aunque en realidad, la gente de ese pequeño pueblo estaba deseando tener otras personas a las que querer, otros habitantes que formaran parte de su comunidad, la amaran y lucharan por ella. Eso es lo que querían, pero también tenían miedo y, a veces, el miedo nos paraliza.

 

Por suerte los niños no saben lo que es eso. Si hay dos niños solos, simplemente juegan entre ellos. Por lo que el hijo mayor de la nueva familia salió enseguida a buscar nuevos amigos, deseando encontrar a alguien que tuviera una pelota, porque él había tenido que dejar la suya en la mudanza, y que le enseñara los mejores lugares para esconderse en ese rincón de piedra y frío. Pero no encontró ninguno. Encontró unas pistas de futbol con la hierba muy alta y lo que parecía el colegio tenía las ventanas rotas. Se asomó y reconoció los pupitres bajo una sábana. Aunque era verano, le pareció que todo estaba demasiado vacío, que tenía demasiado polvo, que estaba demasiado olvidado.

 

El problema era que, en este pueblo, ya no quedaban niños. Se había cerrado la escuela unos años antes cuando las últimas familias se fueron a vivir a la ciudad. Así que fue al único lugar en el que oyó ruidos de gente, le pareció que estaban pasándolo bien y, aunque no entendió lo que ponía en el cartel de la puerta, decidió entrar y ver lo que estaba pasando.

 

Por fin había encontrado un lugar donde jugar en aquel pueblo, estuvo toda la tarde allí charlando y riendo. Para todos los demás, él era la novedad así que todos querían estar con él, le preguntaban cosas, aunque a veces se les olvidaba su nombre y le llamaban de otra forma, pero no le importaba. Jugaron con juegos de mesa, porque los otros niños no hacían deporte, pensó que igual estaban malitos y que por eso estaban allí juntos, pero tampoco le importo. Después, en un momento de la tarde, una mujer muy amable, sacó la merienda, comieron todos juntos, riéndose y jugando y cuando llegó la hora de ir a casa, nadie se quería ir. Al final salieron porque la mujer amable se tenía que ir, para su sorpresa había al menos media docena de padres y madres como los suyos esperando fuera. Le sorprendió que alguien pudiera perderse o que le pudiera pasar algo en aquel pueblo, pero no dijo nada. Se despidió de sus nuevos amigos y se fue cantando a casa, no sin antes darse la vuelta para gritar “¡Nos vemos mañana!” y volver a leer el cartel de la entrada, que seguía sin entender pues él tenía seis años y el resto de niños le parecían más mayores de tres, y tampoco tenía ni idea de quién sería ese señor alemán cuyo nombre estaba por todas partes, pero si había construido aquella casa en el centro del pueblo, le estaba muy agradecido después de hacer tantos amigos.

 

En el cartel de la puerta ponía: Centro de día de la tercera edad. Fundación Alzheimer.

 

PAULA CARRILLO      

Fundación

Abril, 16-04-2021

Respirar

Se levantó como cada mañana. Sonó el despertador, café, ducha, vestirse y salir. Era lo mismo e igual rutina desde hacía mucho tiempo.

 

Llegó al trabajo como siempre, pensando en todas las tareas “pendientes” que le quedaban del día anterior y todas las “nuevas” que podían llegar ese día. Saludaba con la cabeza o con un escueto “hola” a los compañeros, que le daban los buenos días mientras llegaba a su mesa. Pura cortesía. Solo necesitaba llegar cuanto antes a su puesto para centrarse en su trabajo y acabar lo más pronto posible, irse a casa, y vuelta a empezar. Según encendió el ordenador, se centró en su tarea.

 

― “Buenos días, Borja. ¿Qué tal estás hoy?”

 

Sabía que, al levantar la vista, se encontraría con la amable sonrisa de Chelo. Y allí estaba. Chelo era la única de la empresa que parecía sonreír a todos con sinceridad y que preguntaba por los demás porque de verdad le interesaba la respuesta.

 

― “Buenos días, Chelo. Aquí, liado desde primera hora” ― le respondió ladeando media sonrisa, porque un escueto hola no parecía suficiente ante ella, su bondad y su sonrisa….

 

― “Siempre tan responsable” ― dijo ella, ampliando todavía más la sonrisa. Había algo verdaderamente relajante en ella ―. “Si necesitas ayuda con algo, ya sabes dónde encontrarme”.

 

― “Muchas gracias”.

 

Ella simplemente asintió con la cabeza sin dejar de sonreír y siguió su camino a su puesto saludando a todo el mundo e interesándose por ellos. Chelo, además, ayudaba a todos. Él nunca le había pedido ayuda porque, igual que no quería que ser molestado, él no quería molestar a nadie. Pero sabía que Chelo era buena en su trabajo, como él, y por eso muchos le pedían ayuda con muchas cosas. Ella los ayudaba a todos, siempre con una sonrisa, por supuesto.

 

Aquel día, el trabajo se torció más de lo que esperaba, una cosa llevó a la otra y, sin saber muy bien cómo, cuando alzó la vista no vio a nadie. Supuso que era el último. Ya había recogido todo y estaba dirigiéndose al ascensor cuando escuchó algo. Siguió el sonido hasta dar con su origen y se encontró a Chelo en la sala de descanso, con la cara hundida en las manos y respirando fuerte. Ella sintió su presencia y alzó la cabeza para mirarle.

 

― “Oh, perdona, pensé que estaba sola” ― le dijo.

 

Y sonrió. ¡Sonrió a pesar de que algo no iba bien” Nunca se inmiscuía en temas ajenos, pero Chelo siempre era buena con él y no podía irse sin más.

 

― “¿Estás bien?”

 

― “Sí. Solo necesitaba un momento, respirar hondo y dejar salir lo que me agobia. ¿Alguna vez te pasa?”

 

La verdad era que, por mucho que respirara, Borja no podía quitarse la sensación de agobio que le oprimía el pecho.

 

― “Alguna vez” ― contestó.

 

― “Supongo que es algo normal que nos pasa a todos”.

 

Borja nunca se había imaginado ni planteado que Chelo pudiese sentirse así, siempre se la veía tan feliz y sonriente…

 

― “¿Por qué necesitas respirar?”

 

― “Mi madre ha estado enferma, pero ya está recuperándose y los médicos dicen que pronto podrá ir a casa. Supongo que, ahora que veo el final, necesitaba respirar y soltarlo todo”.

 

Y entonces Borja no pudo coger aire. Ella lo había pasado mal, había sufrido y había estado preocupada, y aun así todos los días se interesaba por todo el mundo y la sonrisa, que tan relajante le parecía, nunca había abandonado su cara.

 

Aquel día, Borja descubrió la fuerza y la valentía que se podían esconder tras una sonrisa. Aquel día descubrió que todas las personas tenían sus luchas y sus problemas, pero que eso no debía ser nunca una excusa para solo mirar por uno mismo.

 

Al día siguiente, Borja dio los buenos días y comenzó a ayudar a los compañeros que necesitaban ayuda y también a solicitarla cuando la necesitó. Se interesó por Chelo y por sus compañeros. Y desde entonces, comenzó a sentirse parte de algo mucho más grande.

 

Aquel agobio en su pecho desapareció poco a poco.

 

Y, finalmente, Borja respiró.

María Cerezo Herraiz          

Fundación

Abril, 09-04-2021

El trabajo o la vida

La calle estaba muy tranquila. Incluso demasiado silenciosa, se podría pensar. Era muy tarde y en pocas horas amanecería. Los servicios municipales de limpieza ya habían hecho su trabajo, la basura estaba recogida y las calles regadas. Pero aun así, Santiago sentía angustia y su corazón latía a un ritmo desenfrenado.

 

Los cafés que se había estado tomando durante los últimos días no le dejaban sentir el cansancio acumulado de esas noches sin pegar ojo y las largas jornadas de trabajo. Quedaba ya muy poco para que se cumpliera el plazo en el que tenía que presentar el proyecto.

 

No podía permitirse fallar de nuevo al jefe, ya que eso supondría un despido asegurado. ¿Cómo pagaría entonces las facturas? ¿Cómo iba a poder ocuparse de su familia, de sus hijos, sin el único ingreso del que disponían en casa? Sentía que su vida dependía completamente de ese proyecto. Y sentía que estaba solo en esto. Que nadie le ayudaba

 

Mientras caminaba, no podía pensar en otra cosa, sin percatarse de que algo se movía ahora en la calle. Era un coche y debía de tener prisa, pues circulaba a gran velocidad. Y Santiago seguía caminando. El semáforo se iba a iluminar de color rojo. El conductor aceleraba para poder llegar a tiempo. Santiago no podía entregar el trabajo tarde. Las ruedas del coche chirriaban. Mañana debería madrugar de nuevo. El vehículo llegaba a la esquina. “Si cruzo la calle, ya estoy en mi portal…”

 

Todo ocurrió muy deprisa. Cuando Santiago despertó, habían pasado ya muchos días. Se había dado un golpe muy fuerte en la cabeza y había pasado varias semanas en coma inducido. Lo primero que vio al despertar fue la cara de su mujer llorando de alegría.

 

Pasaron los días y salió del hospital sin secuelas; solo una pierna rota, algún rasguño y unos cuantos puntos de sutura en la frente. Una recuperación milagrosa, le decían. Y Santiago no sabía qué pensar. Cuando llegó a casa, de pronto, recordó el proyecto… ese del que dependía su vida, la que “milagrosamente” había mantenido. ¿Qué habría pasado con el proyecto?

 

En un momento dado, abrió su ordenador portátil y encontró un correo electrónico de su jefe. Le daba la enhorabuena por el proyecto y le decía que sentía no poder felicitarle en persona. En otro correo de su compañera Pilar, le explicaba que entre todos los del departamento habían conseguido dar con el archivo del proyecto en el que había estado él trabajando y que con el esfuerzo de todos lo habían completado. Que gracias a ese trabajo habían pasado muchas horas juntos y que ahora se consideraban todos buenos amigos.

 

Y no sólo eso, le decía que todos ellos le echaban mucho de menos y que ya estaban organizando el plan para el día en que pudiera volver a la oficina. Todos estaban muy agradecidos y Santiago era la razón del nuevo compañerismo en la oficina.

 

Para Santiago ir a trabajar sería, desde ahora, una gran razón para estar alegre.

      

Fundación

Abril, 02-04-2021

La torre de la Princesa Maïssa

Hace tiempo, en un mundo muy lejano, había una princesa muy engreída que vivía en una torre altísima, la más alta de todas.

 

Todo el mundo hablaba de lo guapa que era y, continuamente, llegaban caballeros a regalarle cosas preciosas que eran la envidia de todos.

 

Con el tiempo, la joven, que se llamaba Azalea, se volvió cada vez más presumida y antipática, llegando a despreciar a otras princesas, especialmente a Maïssa.

 

Maïssa era dulce y sencilla, con el pelo larguísimo y de color azabache. Vivía en una de las torres más bajas del reino, de piedra marrón, fuerte y oscura. Los caballeros pasaban poco por la torre y nunca le llevaban regalos. Las princesas se olvidaban siempre de ella y, a menudo, se reían de Maïssa, pero ella respondía con una sonrisa y se dedicaba a leer y a cuidar de los pocos visitantes que venían a la torre, un lugar silencioso, lleno de gente buena y trabajadora.

 

Se decía que las torres reflejaban a las personas que vivían dentro. Las otras torres eran altas, luminosas, de piedra blanca y las personas que vivían en ella, eran ruidosas, hablaban, jugaban y se reían mucho; siempre estaban de fiesta. Sus princesas querían las mejores y más lujosas ropas. Azalea siempre lucía lo mejor, lo más nuevo y extravagante.

 

Un día, empezó a llover. Y llovió de tal manera que se embarró todo el reino. Las torres empezaron a torcerse, las cosechas empezaron a perderse, y todos los regalos de Azalea desaparecieron. Los caballeros no encontraban sitio donde ir. La pequeña torre quedó olvidada.

 

Así estuvieron varias jornadas, buscando torres donde refugiarse, hasta que un día, Maïssa, a la que nunca invitaban a las fiestas, decidió invitarles a su torre. Era pequeñita, humilde, pero limpia, cuidada y, sobre todo; segura. Decidió que, a pesar de todos los desplantes que siempre había recibido, la amabilidad, el cariño y la caridad eran siempre mejores que encerrarse y guardar rencor.

 

Maïssa y su padre rescataron a todos los frívolos caballeros y princesas de las otras torres y días después, Azalea, abrió su corazón y recapacitó… Recibir regalos y celebrar fiestas era divertido, pero ayudar, cuidar y amar era mucho mejor.

 

Maïssa y Azalea forjaron una verdadera amistad y se dedicaron juntas, a partir de entonces, a acoger, transformar y darse a los demás. Lo que recibieron era mucho mejor que lo que Azalea jamás experimentó y, así, su vida se llenó por completo y comprendió el gran secreto de Maïssa: la generosidad.

 

María Abellán Montes.          

Fundación

Marzo, 26-03-2021

Tolerancia

En los ojos del otro veo mi reflejo.

 

Buscando los avatares de la rutina,
siempre queda en mi retina
que su verdad no tiene prejuicios.

 

Es el alma de quien mira,
de quien juzga, de quien domina,
de quien desea llevar su discurso
hasta el final de la doctrina.

Fundación

Marzo, 19-03-2021

EL ENANO GARBALÍN

Hace mucho tiempo, vivía el enano Garbalín en la roca de un enorme jardín.

 

Era un enano pequeñito, muy gracioso, con un gorro de punta colorado y unas mallas muy azules. Tenía unos ojos pícaros y vivía en una roca de la que salía un riachuelo, con una camita hecha de musgo. Pero lo que más le gustaba del mundo era hacer pillerías y trastadas a todos los animales que por ahí vivían.

 

Un día, harto ya de molestar a las salamanquesas y sapos, se atrevió a atravesar la valla y meterse en el jardín de las hortensias ¡nadie se atrevía a hacerlo! Había oído que eran majestuosas, sobre todo a la que llamaban Hydrangea, la más grande y bella de todas.

 

Hydrangea era la reina del jardín, y todas las flores la respetaban y admiraban, sobre todo las petunias y los geranios y. por ello, Garbalín quería conocer a aquella misteriosa flor…

 

Atravesó sigilosamente la valla hasta llegar a la esquina de la casa donde estaban las hortensias, pero, cuál fue su sorpresa, llegó y se encontró un montón de palos mustios y unas hojas en la tierra. Soltó una gran carcajada y comenzó a reírse de las flores “¡Feas, que sois feas! Jajaja” Les gritaba Garbalín con burlas. “¡Y tú, Hydrangea, la más fea de todas! Mucho decir que eres la más hermosa del jardín, pero ¡vaya decepción! ¡Si hasta el musgo de mi roca es más bonito que tú!”

 

Y así se pasó el enano Garbalín todo el otoño, burlándose de las pobres hortensias…

 

Empezaron a caer los primeros copos de nieve, y no había día que Garbalín faltase para reírse de las flores y hacerles bromas.

 

Por fín, llegó la primavera empezando a salir los primeros brotes de vida del jardín. Garbalín creía que vería algo grandioso en las hortensias, pero seguían igual, con esos palitos mustios y alguna hoja… las risas continuaron sin cesar durante meses, hasta que un día, en el caluroso mes de julio, sucedió algo completamente inesperado.

 

¡Las flores de las hortensias habían salido más bellas que nunca! El jardín parecía que estaba de fiesta.

 

Pero la que realmente llamaba la atención era Hydrangea, de color azul, morado y frondosa. Todas las lagartijas se fueron a proteger del calor bajo sus flores… Garbalín comenzó a llorar. “¡Ay! ¡Qué malo he sido! ¡Cómo he podido reírme y haber hecho tanto mal?¡Perdón, señoras hortensias, nunca me volveré a reír de vosotras! ¡Hydrangea, Reina de Todas las Flores del Jardín! ¡Perdonadme! Nunca más me volveré a reír de vos ni de nadie, sobre todo por las apariencias. Me habéis enseñado a no juzgar a nadie, que todos tenemos algo bueno en nuestro interior, una misión a cumplir en el mundo y a amarnos los unos a los otros.

 

A partir de ese momento, el enano Garbalín, se convirtió en el enano más bueno que esas montañas hayan visto jamás, ayudando a todos los animales y flores del jardín.

 

Elisa Menéndez-Pidal          

Fundación

Marzo, 12-03-2021

vivir es convivir

Alfredo se levantó una mañana para ir a trabajar. Dio un beso a Aurora y se dispuso a salir de casa. Bajó los escalones de la vivienda y se encaminó hacia el metro.

 

Durante el camino se fue encontrando con varias personas, todas comenzaban su día en paz y armonía. Unas iban a trabajar, otras paseaban al perro, niños yendo al colegio… Todas vivían su vida en paz y armonía. Alfredo pensó lo iguales que somos todos y cómo nuestra forma de vivir nos une de un modo que nuestras creencias o lugar de nacimiento no tienen ninguna importancia.

 

Cuando bajaba las escaleras del metro vio a una persona pidiendo dinero sentada en el suelo. Se quedó mirándole y de repente sintió una sensación como si fuese él mismo quien estuviese pidiendo. Vio cómo la gente pasaba a su lado, le miraban y él los miraba a ellos. En ese momento, sintió una especie de desazón, de desconexión. Pensó que eso no era natural.

 

Una vez en el metro, se fijó en varios niños que, junto a sus padres, se encaminaban hacia el colegio. Escuchó un poco más de cerca sus conversaciones. Hablaban de la comida del colegio, del examen, de sus compañeros… Todos ellos hablaban con sus padres de lo mismo. En ese momento vio que uno de ellos tenía un acento que podría ser de Colombia y otros tenían un acento local perfecto. También se fijó en el color de sus rostros, unos más oscuros, otros más pálidos… y pensó sobre lo superfluo de ese tipo de cosas frente a la naturaleza humana.

 

Cuando llegó al trabajo se dispuso a encender el ordenador. En ese momento recordó que tenía esa mañana una videoconferencia con unos compañeros suyos de unas sedes de su compañía en Emiratos Árabes y en Alemania. Llegado el momento, todos se conectaron y empezaron a hablar y a poner en común todos los temas de la reunión. Hablaron, organizaron y se dispusieron a trabajar.

 

Llegó la hora de la comida y Alfredo, en su tiempo libre puso las noticias en la radio. Escuchó noticias de varios países, problemas comunes que todos tenemos en mayor o menor medida. Se dio cuenta de que las preocupaciones que tenemos son las mismas. Y, en cierto modo, la conexión que tenemos todos por el hecho de ser seres humanos, y la necesidad de avanzar en esa línea. Se dijo a si mismo que tenía que potenciar esa conexión con los demás.

 

Por la tarde se dispuso a ir a pasear al parque. Vio a familias y a niños jugando, personas haciendo deporte y otras riendo y compartiendo el tiempo con sus amigos. Todos conviviendo y compartiendo su tiempo, que es al fin y al cabo lo que somos, tiempo.

 

Por la noche, justo antes de dormir, se paró a pensar en la cantidad de personas que había visto y con los que había convivido en mayor o menor medida durante ese día. ¡Y lo iguales que son! Pensó en la convivencia diaria de todos, en todo lo que compartimos y en la conexión que tenemos como seres humanos, algo que es, además, enriquecido con las culturas o formas de ser de cada uno.

Fundación

Marzo, 05-03-2021

Pedrito en el bosque

Érase una vez Pedrito, un joven que iba a coger ranas a un monte, y un anciano que paseaba todas las tardes por ese mismo monte. Una tarde se encontraron y el anciano le dijo a Pedrito: “Si no estás convencido de que puedes darle una vida mejor a la rana, no la cojas”. Pedrito pensó que el anciano estaba de broma y corrió con la rana, después de llamarle “viejo loco”; el anciano no volvió a verlo. Una vez había vuelto a su casa con esa rana, la puso con la que había cogido el día anterior y el anterior. Y después de dejarlas sin agua para ver qué hacían, empezó a llover. Un día y otro día. Y las ranas no se ahogaban. Pero luego llegó el verano y los días tórridos, y las ranas se quedaron sin agua y murieron. Pedrito volvió a coger ranas, pero no había ya ninguna. Volviendo, decepcionado, se encontró con un niño. Le preguntó dónde iba y el niño le dijo que iba a coger tortugas. Pedrito le pidió que no las cogiese, pero el niño corrió y se rio de él. El monte no tardó en convertirse en un descampado y el agua, que los árboles talados no drenaban, provocaba inundaciones al caer sobre el pueblo. Pedrito creció y se convirtió en un amante de la naturaleza. Consiguió propiciar que no hubiera ruido, educó a los niños y a los jóvenes en la armonía y el respeto, porque sabía que abusar de algo lo destruye. Se unió a los vecinos para preparar el monte, para que los pájaros se sintieran atraídos; cada habitante llevó un árbol allí y lo cuidaron con esmero a partir de entonces. Sin embargo, no había ranas, ni tortugas, ni ningún otro animal. Pasó el tiempo y, durante un invierno, los habitantes del pueblo de al lado, que habían talado todos sus árboles para prepararse para el frío, llegaron al pueblo y pidiendo leña. Pedrito y algunos amigos les dieron la leña que pudieron y les invitaron a pasar el invierno con ellos, asando las castañas que habían recolectado del monte. Los animales, que tampoco tenían alimento no tardaron en llenar el monte del pueblo de Pedrito, que fue creciendo y se unió con el de al lado, el que hasta entonces tenía los árboles talados. Desde entonces, ambos pueblos, unidos, saben que sin la educación, la armonía, la unión y la solidaridad no se puede vivir. Cada tarde Pedro pasea y ve con cariño ranas, tortugas, conejos y patos, siendo un lugar de tolerancia que ha unido a varias generaciones.

Fundación

Febrero, 26-02-2021

Los vecinos de la calle Convivencia

Javier y Elena viven en un quinto piso de una urbanización repleta de vecinos. No hay día que el ascensor no esté ocupado, ni mañana que no desesperen con la espera. Sin embargo, no conocen a nadie, no saben de nombres ni de aficiones, no saben de niños ni familias. No se conocen.

 

De forma inesperada, un buen día la alarma de incendios convulsiona al vecindario. Prácticamente al unísono salen todos corriendo de sus casas. De repente, el hasta entonces solitario jardín se llena de gentío, alegría y vida. Todos se descubren mirándose a los ojos.

 

La alarma sigue sonando. La alegría se torna en tensión. Los vecinos de la calle Convivencia, número 7, ven cómo una de las viviendas está siendo devorada por el fuego. Deciden que es momento de actuar. Son conscientes de que juntos son más fuertes a pesar de que no se conocen.

 

Dejan para otro día las presentaciones, los nombres, aficiones, niños y familias. Ponen a un lado las diferencias de criterio que alguna vez agitaron las reuniones de vecinos, aquello de “donde dije digo, digo diego” o “eso no es problema mío”; a sabiendas que juntos serán capaces de salvar sus hogares.

 

Javier y Elena se miran, el del 4º derecha ha tomado las riendas. “Pedro”, le gritaron, “llama a los bomberos”. Mientras llaman a los bomberos, se organizan en cadena humana para apagar el fuego, que por suerte es en el bajo izquierda y pueden, todos unidos, lanzar agua con la manguera y los cubos que Jacinto, el portero, utiliza para regar las plantas del jardín. Todos se dan cuenta de que conocen a Jacinto, todos se dan cuenta de que aprecian con el corazón a Jacinto, todos se dan cuenta de que lo quieren porque lo conocen y recuerdan que siempre tienen una palabra amable para él.

 

Hoy, el fuego les ha ayudado a conocerse, han recordado que ser amable con tu vecino es la clave de la convivencia. Juntos han logrado que el fuego no consumiera la casa de Rosario. Sí Rosario, la del bajo izquierda, porque ya saben su nombre, ya saben todos los nombres, aficiones, niños y familias. Y ahora, cada 1 de marzo celebran la fiesta del vecindario. Un día en el que un triste suceso dio paso a que aquel solitario jardín estuviera lleno, día tras día, de gentío, alegría y vida. Incluido Jacinto, el portero, y Javier y Elena, y Rosario, y Pedro, y Laura, y María… porque conocerse es quererse.

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Febrero, 19-02-2021

En busca de la Fraternidad

Fernando, a diferencia de los otros niños de su clase, no tenía hermanos. Hijo de unos padres de avanzada edad, el milagro que su casa vivió con su nacimiento no pudo ser repetido. A la salida de clase, siempre contemplaba, con cierta desazón, cómo los demás compañeros se iban con sus hermanos a continuar la jornada, de juego una vez cerrados los libros. Él quería saber qué se sentía cuando llamabas a alguien hermano o hermana. Tan solo eso.

 

Había en su aldea un señor al que todos tildaban de loco. Decía y hacía cosas extrañas, y por doquier comentaba que había encontrado la solución a todos los problemas de la vida. Fernando tenía uno y quería resolverlo. Por esa razón, al salir de clase, un día fue a verle. La casa parecía más una cueva que un hogar. Estaba repleta de libros. “Quiero saber qué se siente cuando tienes un hermano”. “Quiero poder llamar a alguien ‘mi hermano’”, le dijo al sabio loco. Fernando había leído cosas de brujos y magia, y esperaba que aquel anciano le pudiera dar algún brebaje que resolviera inmediatamente su problema. Pero no. El anciano, sin mediar palabra, tomó un libro cuidadosamente, quizá el más viejo y desgastado de todos cuanto tenía en esa extraña casa. En la portada del libro solo una palabra aparecía: fraternidad. A Fernando no le sonaba.

 

Volvió a su casa, como tomado por el trueno, y se encerró en su cuarto. Apenas entendía ni comprendía algo de aquel extraño libro, viejo y desgastado. Pero, luchando contra el sueño y la fatiga, logró terminarlo antes de volver a dormir.

 

Al día siguiente, cuando se levantó, se sentía extraño. Desayunó con sus padres, como solía hacer habitualmente, y empezó a caminar hacia la escuela. Vagamente se acordaba de quién era él ni del problema que le había asediado noche tras noche, minuto a minuto. Sin embargo, al cruzarse con las diferentes personas, algo raro sucedía. Era incapaz de distinguir esos rasgos que nos hacen distintos a cada uno y que hasta el día anterior le habían llamado profundamente la atención. Solo podía contemplar, en los niños y niñas con los que se encontraba, una especie de luz ante la cual todo lo demás parecía diluirse. Y, de repente, empezó a ver en cada persona a un hermano.

Fundación

Febrero, 12-02-2021

 

Toleramos porque fuimos creados diferentes para complementarnos

La escuela es un pequeño universo que reúne a personas diversas, personas con diferentes religiones, géneros, etnias, tradiciones y costumbres. En ocasiones, reúne a alumnos que hablan diferentes lenguas y a quienes les une un único objetivo: la educación. Pero esta no ha de ceñirse al conocimiento de las materias académicas, sino que ha de considerar la parte ética y moral, y proporcionar a los estudiantes un sentimiento de integración y concordia entre ellos, aceptando al otro con sus diferencias en el camino de enseñanzas por recorrer juntos durante curso académico.

 

¿Cuántos profesores y educadores no han sufrido situaciones y enfrentamientos entre estudiantes? ¿Cuántos no han sido testigos del enquistamiento de conflictos entre estudiantes que han acabado por perdurar hasta el final de curso académico sin ser solucionados?

Un día como otro cualquiera, la directora de una escuela recibió las quejas de los padres de unos alumnos quienes se veían envueltos en constantes peleas, lidiando con las consecuencias para las familias en sus hogares.

 

A esta gran directora se le ocurrió cómo intentar solucionar este problema y, al tiempo, acabar con las peleas en su escuela utilizando su conocimiento y su comprensión de la diversidad y la pluralidad de sus estudiantes.

 

Y eso fue lo que hizo, entró en una clase con varias bolsas de patatas y pidió a cada estudiante que cogiese tantas patatas como personas odiase, escribiendo el nombre de cada una de estas personas sobre una patata, para después introducirlas en una bolsa. Lo increíble es que algunos cogieron una patata, otros dos, otros tres, cuatro, cinco, … Hasta que el último de los alumnos acabó de llenar su bolsa.

 

En aquel momento, la directora les contó que se trataba de un juego, el cual consistía en que cada uno de los estudiantes tenía que cargar con la bolsa de patatas que previamente había llenado allá donde fuera durante los siguientes diez días. En un primer momento, los estudiantes se alegraron de participar en el juego, pero con el paso de los días las patatas de las bolsas empezaron a desprender un olor pestilente, teniendo que cargar con él. Todos aquellos estudiantes que tenían un mayor número de patatas llevaban a cuestas un olor más fuerte, además de portar una bolsa más pesada, sabiendo que tenían que llevarla la bolsa con las patatas mal olientes hasta el final del juego.

 

Con el paso de los días, los estudiantes empezaron a alejarse los unos de los otros en la escuela, así como comenzaron a evitar a la gente fuera de ella. Tomaron la decisión de quedarse en casa para no irradiar ese olor a podrido, y esperaron a que pasasen rápido las horas hasta que fueran a ver a la directora transcurridos los diez días, contentos por haber acabado ese juego y poder conocer el resultado.

 

Llegando el décimo día, la directora preguntó a los alumnos por sus impresiones y por los sentimientos qué habían tenido durante ese tiempo. Los alumnos se quejaron por la frustración que habían sentido, por la dificultad y por el aislamiento que se habían visto obligados a soportar por tener que llevar esas patatas tan pesadas y que tan mal olor desprendían.

 

La directora, entonces, empezó a explicar el sentido de este juego: “Esta experiencia os ha llevado a conocer la situación de odio que lleváis en vuestros corazones hacia otras personas. El odio contamina los corazones y se alberga en el pecho allá donde vayáis. Intentad imaginar la cantidad de dolor que sufrís por la intolerancia. Imaginad que, si no podéis soportar el olor de esas patatas durante estos días, ¿podréis llevar ese odio en el corazón toda vuestra vida? Pensad, por un momento, quizás vuestro nombre estuviese escrito en una de esas patatas cuyo olor os parecía tan molesto.

 

De ahí la experiencia de haceros ver que la belleza reside en vuestras diferencias, en la diversidad que se alberga en cada uno de vosotros y en vuestros corazones. Vuestra tolerancia hacia los demás, a su vez, os permitirá sentiros en paz. Sabed que, si no toleramos y respetamos al otro, nosotros mismos sufriremos el daño, y no los demás, tal y como ha sucedido con las patatas podridas, que vosotros mismos os hicieron daño y os aislaron; del mismo modo, lo que hay en vuestros corazones os afectará.”, Por último, la directora recomendó a sus estudiantes adoptar el valor de la tolerancia como forma de sentir y de tratar a los demás.

 

Los ojos de los estudiantes se humedecieron y no tardaron en darse un apretón de manos con aquellos con quienes habían estado tanto tiempo peleando, siendo tolerantes y aceptando a todos los que se encontraban presentes, aprendiendo que la tolerancia es un principio que garantiza la paz, la integración y la convivencia entre todos aquellos con los que se comparte tanto tiempo y espacio en sus vidas. Además de gozar de la tranquilidad y la satisfacción de esa forma de ser y sentir que se verá reflejada en sus familias y en toda la sociedad.

 

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