Cuentos de Tolerancia

Fundación

Febrero, 26-02-2021

Los vecinos de la calle Convivencia

Javier y Elena viven en un quinto piso de una urbanización repleta de vecinos. No hay día que el ascensor no esté ocupado, ni mañana que no desesperen con la espera. Sin embargo, no conocen a nadie, no saben de nombres ni de aficiones, no saben de niños ni familias. No se conocen.

 

De forma inesperada, un buen día la alarma de incendios convulsiona al vecindario. Prácticamente al unísono salen todos corriendo de sus casas. De repente, el hasta entonces solitario jardín se llena de gentío, alegría y vida. Todos se descubren mirándose a los ojos.

 

La alarma sigue sonando. La alegría se torna en tensión. Los vecinos de la calle Convivencia, número 7, ven cómo una de las viviendas está siendo devorada por el fuego. Deciden que es momento de actuar. Son conscientes de que juntos son más fuertes a pesar de que no se conocen.

 

Dejan para otro día las presentaciones, los nombres, aficiones, niños y familias. Ponen a un lado las diferencias de criterio que alguna vez agitaron las reuniones de vecinos, aquello de “donde dije digo, digo diego” o “eso no es problema mío”; a sabiendas que juntos serán capaces de salvar sus hogares.

 

Javier y Elena se miran, el del 4º derecha ha tomado las riendas. “Pedro”, le gritaron, “llama a los bomberos”. Mientras llaman a los bomberos, se organizan en cadena humana para apagar el fuego, que por suerte es en el bajo izquierda y pueden, todos unidos, lanzar agua con la manguera y los cubos que Jacinto, el portero, utiliza para regar las plantas del jardín. Todos se dan cuenta de que conocen a Jacinto, todos se dan cuenta de que aprecian con el corazón a Jacinto, todos se dan cuenta de que lo quieren porque lo conocen y recuerdan que siempre tienen una palabra amable para él.

 

Hoy, el fuego les ha ayudado a conocerse, han recordado que ser amable con tu vecino es la clave de la convivencia. Juntos han logrado que el fuego no consumiera la casa de Rosario. Sí Rosario, la del bajo izquierda, porque ya saben su nombre, ya saben todos los nombres, aficiones, niños y familias. Y ahora, cada 1 de marzo celebran la fiesta del vecindario. Un día en el que un triste suceso dio paso a que aquel solitario jardín estuviera lleno, día tras día, de gentío, alegría y vida. Incluido Jacinto, el portero, y Javier y Elena, y Rosario, y Pedro, y Laura, y María… porque conocerse es quererse.

Fundación

Febrero, 19-02-2021

En busca de la Fraternidad

Fernando, a diferencia de los otros niños de su clase, no tenía hermanos. Hijo de unos padres de avanzada edad, el milagro que su casa vivió con su nacimiento no pudo ser repetido. A la salida de clase, siempre contemplaba, con cierta desazón, cómo los demás compañeros se iban con sus hermanos a continuar la jornada, de juego una vez cerrados los libros. Él quería saber qué se sentía cuando llamabas a alguien hermano o hermana. Tan solo eso.

 

Había en su aldea un señor al que todos tildaban de loco. Decía y hacía cosas extrañas, y por doquier comentaba que había encontrado la solución a todos los problemas de la vida. Fernando tenía uno y quería resolverlo. Por esa razón, al salir de clase, un día fue a verle. La casa parecía más una cueva que un hogar. Estaba repleta de libros. “Quiero saber qué se siente cuando tienes un hermano”. “Quiero poder llamar a alguien ‘mi hermano’”, le dijo al sabio loco. Fernando había leído cosas de brujos y magia, y esperaba que aquel anciano le pudiera dar algún brebaje que resolviera inmediatamente su problema. Pero no. El anciano, sin mediar palabra, tomó un libro cuidadosamente, quizá el más viejo y desgastado de todos cuanto tenía en esa extraña casa. En la portada del libro solo una palabra aparecía: fraternidad. A Fernando no le sonaba.

 

Volvió a su casa, como tomado por el trueno, y se encerró en su cuarto. Apenas entendía ni comprendía algo de aquel extraño libro, viejo y desgastado. Pero, luchando contra el sueño y la fatiga, logró terminarlo antes de volver a dormir.

 

Al día siguiente, cuando se levantó, se sentía extraño. Desayunó con sus padres, como solía hacer habitualmente, y empezó a caminar hacia la escuela. Vagamente se acordaba de quién era él ni del problema que le había asediado noche tras noche, minuto a minuto. Sin embargo, al cruzarse con las diferentes personas, algo raro sucedía. Era incapaz de distinguir esos rasgos que nos hacen distintos a cada uno y que hasta el día anterior le habían llamado profundamente la atención. Solo podía contemplar, en los niños y niñas con los que se encontraba, una especie de luz ante la cual todo lo demás parecía diluirse. Y, de repente, empezó a ver en cada persona a un hermano.

Fundación

Febrero, 12-02-2021

 

Toleramos porque fuimos creados diferentes para complementarnos

La escuela es un pequeño universo que reúne a personas diversas, personas con diferentes religiones, géneros, etnias, tradiciones y costumbres. En ocasiones, reúne a alumnos que hablan diferentes lenguas y a quienes les une un único objetivo: la educación. Pero esta no ha de ceñirse al conocimiento de las materias académicas, sino que ha de considerar la parte ética y moral, y proporcionar a los estudiantes un sentimiento de integración y concordia entre ellos, aceptando al otro con sus diferencias en el camino de enseñanzas por recorrer juntos durante curso académico.

 

¿Cuántos profesores y educadores no han sufrido situaciones y enfrentamientos entre estudiantes? ¿Cuántos no han sido testigos del enquistamiento de conflictos entre estudiantes que han acabado por perdurar hasta el final de curso académico sin ser solucionados?

Un día como otro cualquiera, la directora de una escuela recibió las quejas de los padres de unos alumnos quienes se veían envueltos en constantes peleas, lidiando con las consecuencias para las familias en sus hogares.

 

A esta gran directora se le ocurrió cómo intentar solucionar este problema y, al tiempo, acabar con las peleas en su escuela utilizando su conocimiento y su comprensión de la diversidad y la pluralidad de sus estudiantes.

 

Y eso fue lo que hizo, entró en una clase con varias bolsas de patatas y pidió a cada estudiante que cogiese tantas patatas como personas odiase, escribiendo el nombre de cada una de estas personas sobre una patata, para después introducirlas en una bolsa. Lo increíble es que algunos cogieron una patata, otros dos, otros tres, cuatro, cinco, … Hasta que el último de los alumnos acabó de llenar su bolsa.

 

En aquel momento, la directora les contó que se trataba de un juego, el cual consistía en que cada uno de los estudiantes tenía que cargar con la bolsa de patatas que previamente había llenado allá donde fuera durante los siguientes diez días. En un primer momento, los estudiantes se alegraron de participar en el juego, pero con el paso de los días las patatas de las bolsas empezaron a desprender un olor pestilente, teniendo que cargar con él. Todos aquellos estudiantes que tenían un mayor número de patatas llevaban a cuestas un olor más fuerte, además de portar una bolsa más pesada, sabiendo que tenían que llevarla la bolsa con las patatas mal olientes hasta el final del juego.

 

Con el paso de los días, los estudiantes empezaron a alejarse los unos de los otros en la escuela, así como comenzaron a evitar a la gente fuera de ella. Tomaron la decisión de quedarse en casa para no irradiar ese olor a podrido, y esperaron a que pasasen rápido las horas hasta que fueran a ver a la directora transcurridos los diez días, contentos por haber acabado ese juego y poder conocer el resultado.

 

Llegando el décimo día, la directora preguntó a los alumnos por sus impresiones y por los sentimientos qué habían tenido durante ese tiempo. Los alumnos se quejaron por la frustración que habían sentido, por la dificultad y por el aislamiento que se habían visto obligados a soportar por tener que llevar esas patatas tan pesadas y que tan mal olor desprendían.

 

La directora, entonces, empezó a explicar el sentido de este juego: “Esta experiencia os ha llevado a conocer la situación de odio que lleváis en vuestros corazones hacia otras personas. El odio contamina los corazones y se alberga en el pecho allá donde vayáis. Intentad imaginar la cantidad de dolor que sufrís por la intolerancia. Imaginad que, si no podéis soportar el olor de esas patatas durante estos días, ¿podréis llevar ese odio en el corazón toda vuestra vida? Pensad, por un momento, quizás vuestro nombre estuviese escrito en una de esas patatas cuyo olor os parecía tan molesto.

 

De ahí la experiencia de haceros ver que la belleza reside en vuestras diferencias, en la diversidad que se alberga en cada uno de vosotros y en vuestros corazones. Vuestra tolerancia hacia los demás, a su vez, os permitirá sentiros en paz. Sabed que, si no toleramos y respetamos al otro, nosotros mismos sufriremos el daño, y no los demás, tal y como ha sucedido con las patatas podridas, que vosotros mismos os hicieron daño y os aislaron; del mismo modo, lo que hay en vuestros corazones os afectará.”, Por último, la directora recomendó a sus estudiantes adoptar el valor de la tolerancia como forma de sentir y de tratar a los demás.

 

Los ojos de los estudiantes se humedecieron y no tardaron en darse un apretón de manos con aquellos con quienes habían estado tanto tiempo peleando, siendo tolerantes y aceptando a todos los que se encontraban presentes, aprendiendo que la tolerancia es un principio que garantiza la paz, la integración y la convivencia entre todos aquellos con los que se comparte tanto tiempo y espacio en sus vidas. Además de gozar de la tranquilidad y la satisfacción de esa forma de ser y sentir que se verá reflejada en sus familias y en toda la sociedad.

 

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