Nunca nos olvidamos de ser niños

Los pueblos pequeños a veces son lugares difíciles.

 

Pueden estar llenos de amor, pero se resguardan por el miedo a que les hagan daño, a que les vuelvan a abandonar, a que los dejen solos, por eso a veces son inhóspitos. Por eso a veces es difícil vivir en ellos y te reciben con frio y humedad, caras largas y miradas furtivas que se preguntan: “Y este, ¿de quién es?, ¿a qué viene?, ¿qué quiere de este lugar?”. Por la costumbre de las malas artes, de los hogares abandonados, de los tejados vencidos.

 

Por todo esto, cuando una familia compró la vieja casa del farmacéutico, que llevaba vacía desde que murió cuatro años antes, todo el pueblo se hizo esas preguntas. Aunque en realidad, la gente de ese pequeño pueblo estaba deseando tener otras personas a las que querer, otros habitantes que formaran parte de su comunidad, la amaran y lucharan por ella. Eso es lo que querían, pero también tenían miedo y, a veces, el miedo nos paraliza.

 

Por suerte los niños no saben lo que es eso. Si hay dos niños solos, simplemente juegan entre ellos. Por lo que el hijo mayor de la nueva familia salió enseguida a buscar nuevos amigos, deseando encontrar a alguien que tuviera una pelota, porque él había tenido que dejar la suya en la mudanza, y que le enseñara los mejores lugares para esconderse en ese rincón de piedra y frío. Pero no encontró ninguno. Encontró unas pistas de futbol con la hierba muy alta y lo que parecía el colegio tenía las ventanas rotas. Se asomó y reconoció los pupitres bajo una sábana. Aunque era verano, le pareció que todo estaba demasiado vacío, que tenía demasiado polvo, que estaba demasiado olvidado.

 

El problema era que, en este pueblo, ya no quedaban niños. Se había cerrado la escuela unos años antes cuando las últimas familias se fueron a vivir a la ciudad. Así que fue al único lugar en el que oyó ruidos de gente, le pareció que estaban pasándolo bien y, aunque no entendió lo que ponía en el cartel de la puerta, decidió entrar y ver lo que estaba pasando.

 

Por fin había encontrado un lugar donde jugar en aquel pueblo, estuvo toda la tarde allí charlando y riendo. Para todos los demás, él era la novedad así que todos querían estar con él, le preguntaban cosas, aunque a veces se les olvidaba su nombre y le llamaban de otra forma, pero no le importaba. Jugaron con juegos de mesa, porque los otros niños no hacían deporte, pensó que igual estaban malitos y que por eso estaban allí juntos, pero tampoco le importo. Después, en un momento de la tarde, una mujer muy amable, sacó la merienda, comieron todos juntos, riéndose y jugando y cuando llegó la hora de ir a casa, nadie se quería ir. Al final salieron porque la mujer amable se tenía que ir, para su sorpresa había al menos media docena de padres y madres como los suyos esperando fuera. Le sorprendió que alguien pudiera perderse o que le pudiera pasar algo en aquel pueblo, pero no dijo nada. Se despidió de sus nuevos amigos y se fue cantando a casa, no sin antes darse la vuelta para gritar “¡Nos vemos mañana!” y volver a leer el cartel de la entrada, que seguía sin entender pues él tenía seis años y el resto de niños le parecían más mayores de tres, y tampoco tenía ni idea de quién sería ese señor alemán cuyo nombre estaba por todas partes, pero si había construido aquella casa en el centro del pueblo, le estaba muy agradecido después de hacer tantos amigos.

 

En el cartel de la puerta ponía: Centro de día de la tercera edad. Fundación Alzheimer.

 

PAULA CARRILLO